Cuando el camino estuvo cerrado, a Martín no le quedó más remedio que dormir en el coche. No era la primera vez, pero un miedo algo absurdo lo tomó por sorpresa. Luego acomodó las cosas en la parte trasera y, colocándose al borde de la carretera, se dejó invadir por el sueño.
Para evitar cualquier inconveniente, desconectó la batería y guardó la llave debajo del asiento del copiloto. Esta maniobra lo había salvado en dos oportunidades, pero, por la desidia de los asaltantes, terminó como huésped durante una semana en la posta del pueblo.
A pesar de la costumbre de controlar la demora de los viajes, le era difícil evitar encontrarse privado de ingreso. Las normas eran claras: pasadas las diez de la noche nadie entraba. Siendo el principal distribuidor de Santa Luisa, le hubieran sido necesarios algunos atributos y compensaciones, pero como en todo ciudadano, los privilegios eran letra muerta.
Lo peor de aquella noche era que Martín regresaba con la mitad del cargamento. Siendo así, era presa incluso de los mismos pobladores. Nadie le prestaría atención ni socorro, y dado el caso de la ignorancia de las circunstancias, le era comprensible el temor durante la soledad.
Si bien él soñaba, el sueño no le advertía que alguien vigilaba su sueño. Quien observaba mantenía la convicción de la futura acción; el observado, la convicción del olvido. Sólo un descuido: la puerta del piloto carecía de seguro.
En el transcurso del sueño varias imágenes torpes e infinitas: un caballo al borde del abismo, un libro abierto y leído a medias, un buzón lleno de cartas sin motivo de escritura y un hombre desde la ventana apreciando su descanso. No intentó prender el coche, porque así encontrase la llave éste no encendería. Los pies, atracados en la manta de dormir, impidieron levantarse y huir. Luego, un golpe en el vacío; la respuesta hizo que la sangre brotara de su nariz. En la desesperación arañó con violencia al intruso; la certera puñalada en el brazo izquierdo no permitió volver a intentar el ataque. Una frase lo perturbó, ¡Dispara!, ¡dispara! Martín no entendió en un principio. Pronto la fuerza de su agresor le invadía el rostro, la sensación de asfixia, el miedo y ¡dispara! Poco antes de desfallecer, Martín atinó la acción más pronta y desesperada: sacó el arma del bolsillo derecho y disparó. El agresor cayó. No hubo heridas ni sangre.
Al amanecer, una mancha oscura y casi deshecha se dibujaba en el terral. Sin explicarse razón, el agresor había desaparecido. Fuera el sueño o el temor, pero la herida del brazo ya no goteaba. Un ruido lo atrajo a la cabina del coche: en la radio culminaba la historia de un asesino asesinado.
9 comentarios:
A pucta es como cuando me quedé dormido en plena final del mundial . . . we are the championsssss . . .
desperté y por favor, soy peruano.
pero que buena historia :D a de verdad...estas cosas si me gusta leer...
hola! creo que e concurso es solo para poetas en en Norte, yo no escribo poemas, solo escribo por que siento , escribir por escribir pero gracias por enviarme la convocatoria, cuidate y sigue adeante ya que vi que tienes muchos premios, sigue asi , si es tu pasión
holaa
ya tenias tiempo desaparecido,
pero has regresado y que
buena aparición de está ocasión!
=D Saludos
muy interesante tu blog....!!!!! aproposito... el tañamo de tu mascota lo puedes cambiar en el html... si puedes entra a mi blog y comenta..! recien lo cree hace un mes..!!! BEsos..!!!
Esta interesante este cuento. Saludos
Le tocó a él, se metió en la boca del lobo él solito; el solito se lo buscó, él solito se lo encontró.
Buen relato radiofonico escrito en tu post.
Besos tiernos y dulces para ti.
** MARÍA **
Muy bueno el post y el blog en general...publica seguido. Saludosss...
Me gusto mucho la historia. Corta, sencilla e intensa. Despues de haber leido la primera oracion ya no pude dejar de leer, me embrujo y me deje llevar hasta el final.
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