Etiquetas

miércoles, 26 de diciembre de 2007

ACERCA DE LOS CRÍTICOS

De un tiempo a esta parte visito, y leo, muchos blogs, ya sean de poesía, cuento, ensayo, etc. Es un pasatiempo, hasta cierto punto, interesante (esto último lo escribo porque no soy muy partidario de leer frente a una computadora, pero considero que me es necesario).
Muchas veces hallo blogs muy atrayentes; en otros casos, algo flojos, y no porque puedan llevar el calificativo estúpido de “malos escritos” (quien soy yo para criticar con aquel afán desmoralizador las pequeñas propuestas artísticas de las demás personas que, como yo, intentan o sugieren en la web una suerte de sutil acto como es el escribir), sino por motivos de los cuales trataré de dar mi más sensato punto vista en párrafos sucesivos.
Defiendo la posición de que todo arte poético es cautivador, no perturbador (hablaré de la palabra arte más adelante). De la misma manera, defiendo los contextos experimentales que nos puede presentar la narrativa, la cual, sin causa pero con efecto, nos describen ambientes tan cautivantes como perturbadores. Pero si algo no defiendo ni comparto, es todo acto que pueda llevar el burdo calificativo de crítica.
Hemos deformado crudamente el significado de la palabra crítica, hasta tal punto de no entenderla concretamente y diferenciarla en dos sugerentes y a la vez infames modalidades: crítica constructiva y crítica destructiva. No hablaré de las dos de manera extensiva, sólo me limitaré, si el caso me lo permite, a calificarlas de absurdas e innecesarias.
Comprendo que muchos no compartirán mi opinión, pero una opinión vertida nunca puede ser una opinión destructiva, si hablamos de devolverle el valor a una palabra tan compleja y tan mal empleada como es crítica. En todo este pequeño texto, mantendré en primera instancia mi posición y concepción acerca del arte.
Para poder ejemplificar este contexto, recurriré al más viejo arquetipo del cual todo crítico hace uso: el diccionario de la real academia de la lengua española (si alguien me pide que ponga esta frase con mayúscula, cíteme un motivo más interesante que no sea el estúpido “los nombres de entidades respetables llevan mayúscula”; además, si cito este libro es por un acto piadoso para los “críticos”: a ellos les encanta lo más simple y común, evitan buscar mayores significados que el que les pueda dar este folleto). Según este libro, que rige seudas normas de cómo escribir, pero no de cómo hablar, la palabra crítica lleva el siguiente significado: Arte de juzgar de la bondad, verdad y belleza de las cosas. Aquí me detengo: Arte… toda crítica es un arte, por lo cual sugiero y vuelvo al libro anterior, siendo el sutil significado de la palabra arte: Acto o facultad mediante los cuales, valiéndose de la materia, de la imagen o del sonido, imita o expresa el hombre lo material o lo inmaterial, y crea copiando o fantaseando. Punto final.
Si bien he citado fielmente los contenidos, es para dar mi versión acerca de la crítica valiéndome de un libro de más sentido comercial que otros.
¿Cuántas veces hemos logrado hallar una crítica en la cual se viertan sentidos complejos de apreciación que no sean las concepciones particulares del crítico acerca de una obra acabada y contemplada?
La respuesta es sencilla: pocas.
Toda obra de arte es concepción y creación propia y particular de un autor, ya sea en lo poético como en lo narrativo, y pedirle a un artista regirse a normas establecidas o pre-concebidas sobre el arte, es limitarle, de por sí, el espíritu creador, liberador y catártico que produce en él la obra. Para esto cito un fragmento del prólogo que escribe Guy de Maupassant, en su novela Pedro y Juan, acerca de la novela:

“¿Existen reglas para escribir una novela, fuera de las cuales una historia escrita debiera llamarse de otro modo?
(…)
Parece ser que esos críticos saben de una manera cierta, indudable, lo que constituye una novela y lo que la distingue de otra que no lo es. Esto, sencillamente, significa que sin ser productores están agrupados en una escuela y rechazan, a la manera de los mismos novelistas, todas las obras concebidas y realizadas fuera de su estética.
En cambio, lo que debería hacer un crítico inteligente es buscar aquello que menos se parece a las novelas ya escritas y estimular todo lo posible a los jóvenes para que emprendan nuevos caminos.”

Maupassant defiende de manera muy bella las características que llevan a un escritor a ejercer su derecho a escribir.

“Todos los escritores, Victor Hugo igual que Zola, han reclamado con insistencia el derecho absoluto, derecho indiscutible de componer, es decir, de imaginar u observar de acuerdo con su concepto personal del arte. El talento procede de la originalidad que es una manera especial de pensar, de ver, de comprender y de juzgar.”

Quienes critiquen una obra por la falta de algo, llevan el estigma de que ellos mismos carecen de toda capacidad externa para la apreciación, ya que mantienen en zozobra sus propias convicciones y argumentos con los cuales pueden definir lo que es o no es una obra de arte. Son apreciaciones cerradas y equívocas, sin más argumento que obsoletas leyes que refunden al arte en lo más arcaico de la originalidad. Comprendamos también que la originalidad consiste en volver al origen, pero debemos comprender para qué: para volver a crear las cosas de nuevo, olvidándonos de lo ya existente y formando nuevos criterios artísticos que sugieran excepcionales y sui géneris devociones sobre la creación.
He aquí un nuevo reto para los críticos: capacidad de entendimiento.
Pero retomo el bello prólogo de Maupassant:

“Así pues, el crítico que pretende definir la novela según la idea que de ella se ha forjado con arreglo a las novelas que prefiere, y establecer ciertas reglas invariables de composición, luchará siempre contra un temperamento de artista que aporte un nuevo procedimiento. Un crítico totalmente merecedor de este nombre debería ser tan sólo un analista exento de tendencias, de preferencias, de pasiones, etcétera, y apreciar tan sólo, al igual que un perito en pintura, el valor artístico del objeto de arte que se le somete. Su comprensión, abierta a todo, debe absorber hasta tal punto su personalidad, que pueda descubrir y alabar incluso los libros que no le satisfacen como hombre, pero que debe comprender como juez.
(…)
El crítico sólo debe apreciar el resultado con arreglo a la naturaleza del esfuerzo; y no le asiste el derecho a preocuparse de las tendencias.
Esto se ha escrito ya mil veces, pero habrá que seguir repitiéndolo.”


Podrá tomarse mi preocupación como una suerte de marginación mojigata sobre la versatilidad del artista, pero lo que debemos conceptuar y mantener en claro es la no esquematización y saturación de reglas que desequilibren la capacidad creadora, y conviertan al artista en un artefacto de producción, y no de creación.

Permítanme citar otra apreciación acerca de la crítica, que es una bella sustentación de los preceptos propios de un autor tan sutil, completo y conmovedor como fue Oscar Wilde. Quienes hayan leído sus obras hallarán, sin temor a equivocarme, una acogedora y deslumbrante visión de la estética y sobre todo de la Inglaterra de la era Victoriana (por si cabe alguna duda, la era victoriana se desarrolló desde la coronación de la reina Victoria, a los 18 años en 1837, hasta su muerte en 1901). En el año 1890, Wilde publica una novela titulada “El retrato de Dorian Gray”, novela por la cual fue acusado de inmoral y todas las estupideces que se pueden decir de un magnífico escritor mal comprendido. La historia lo coronó dentro de los grandes de la literatura mundial, y le dio el sitio que merecía, pero esa es historia de la cual me ocuparé en otra oportunidad. Dentro de esta bella novela, Wilde escribe un prefacio, llamado Prefacio del autor, espléndida pieza que contiene su concepción artística y estética. Cito frases de este prefacio:

“El crítico es quien puede traducir de manera distinta o con nuevos materiales su impresión de la belleza.
(…)
Quienes descubren significados ruines en cosas hermosas están corrompidos sin ser elegantes, lo que es un defecto.
Quienes encuentran significados bellos en cosas hermosas son espíritus cultivados. Para ellos hay esperanza.
(…)
No existen libros morales o inmorales.
Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo.
(…)
El artista no tiene preferencias morales. Una preferencia moral en un artista es un imperdonable amaneramiento de estilo.”


Si me he permitido citar estas breves frases, es por un fin común: el arte no es diferenciación ni acercamiento, es expresión propia e irrepetible. La crítica, como arte, no debe basarse en postulados erróneos y decepcionantes. La libertad es un bien que podemos hallar, también, en las palabras.
Quien no pueda entender esto, está condenado.
La crítica es un arte, lástima que quienes lo ejerzan han hecho de él, una detestable aproximación a la ignorancia.


* Este artículo no pretende probar nada, sólo hago uso de mi derecho de escribir, y, si me lo permito yo mismo, “criticar”.


martes, 18 de diciembre de 2007

LA ÚNICA VERDAD

Hemos de confiar a los hombres
la verdad provista por aves que desconocen el libre transitar
en sus pequeñas plumas.
Los tambores irrumpirán en jaulas
con el sonido del temor
abierto en miradas sin rumbo o senderos amados.
La marcha triunfal de las aves
sólo podrá observarse con el caer de las hojas.