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miércoles, 12 de septiembre de 2007

BRAULIO O LOS RECUERDOS

Han pasado varios años y he vuelto a Lima. No tenía ganas de volver, pero el deseo de ver a mi madre me trajo de regreso. Sólo hablaba con ella por medio de cartas, ya que eso le gustaba, y de esa manera podía contarme con lujo de detalles como las cosas por acá han cambiado mucho. Creo que se equivocó, no cambiaron, porque ni bien subí al taxi, por la ventana de éste, me quitaron el reloj. Debe ser un chasco volver a Lima y darse cuenta que siguen habiendo delincuentes por todo lado, no mister. Sonreí con algo que más parecía una mueca y le dije descuide, me lo imaginaba. Así llegué a casa de mi madre: con la nostalgia en el corazón y un reloj menos en la maleta.

Después de estar parado durante más de cinco minutos en la entrada de la casa recibiendo los infinitos besos y abrazos de mi madre, entré al lugar que durante mi juventud albergó los sueños perdidos de mi presente y las ilusiones de amores que nunca llegaron. Brindamos con la acostumbrada taza de té que ella ofrece siempre a las visitas. Me miró a los ojos y me preguntó por mi padre. Está bien, aún te extraña. En verdad no era mi padre, era mi padrastro, se casó con mi madre años después que quedó viuda, y se separaron poco antes que yo termine la secundaria. Sabes que no eres mi hijo de sangre, pero te quiero como tal, y espero que ni bien termines la secundaria te vengas conmigo al extranjero… para que tengas un mejor futuro. Mi madre lo entendió y me dijo sólo espero que sepas aprovechar esta oportunidad. Al partir, lo único que temía era no volver a verla. Pero a pesar de haber transcurrido más de diez años, y del tiempo haber hecho mella en ambos, sus lágrimas y su sonrisa siguen siendo las mismas que extrañaba a lo lejos. Y cuándo da a luz Elizabeth. Pronto mamá, le respondí, pronto.

Dormí casi toda la tarde. Estaba exhausto, el viaje había sido matador. Pero era domingo, y aún tenía algo de fuerzas como para caminar. Por ello decidí dar un breve paseo para recordar el lugar y, tal vez, reencontrarme con viejos conocidos. La vida lejos del hogar había sido dura, y amigos eran algo que, para mí, escaseaban. La muerte de Javier me afectó mucho, y aún más el no poder estar presente en su funeral. Sentí que le había fallado al mejor amigo que tuve. Ahora que he vuelto, si no fuera por mi madre y mis recuerdos, Barranco y Lima serían una gran nada.

En el parque aún habitaban los mismos árboles y las parejas seguían paseándose de la mano por el viejo puentecito en el cual me declaré a Juanita. Pero sólo te quiero como amigo. Ni recordar, no salí de mi casa durante un mes. Deambulando llegué al estanque de los deseos. Yo lo llamaba así de niño, y daba la impresión de serlo. Pero lo que más me causaba asombro era la estatua. Colocada en medio del estanque se veía imponente. Ahora, que ya no soy un niño, me causa la misma impresión que ver en el suelo la basura dejada por las personas. Lo curioso es que aún existe gente que arroja monedas al estanque pidiendo un deseo y cerrando los ojos.

Algo llamó mi atención. Era el ruido de los aplausos y las risas, y como la curiosidad es algo innato en las personas, me acerqué. Una muchedumbre compuesta por adultos y niños rodeaban algo o a alguien. Levanté mi cabeza sobre la gente, pero no llegué a ver nada. Desanimado, metí las manos en los bolsillos y estuve en plan de irme, cuando una melodía me detuvo. Era un recuerdo conocido, una música que pugnaba por salir del encierro de mi mente. Caminé hasta el extremo derecho de la muchedumbre. Creo que empujé a alguien, no lo sé, ya empezaba a hostigarme el presente, pero al librarme de toda esa barrera humana, mis ojos y mi ser dieron un viaje repentino hacia aquellos años perdidos de mi infancia. Cada domingo, después de haber almorzado, mi padre y mi madre me vestían como muñeco de torta, a su pleno gusto, y me llevaban de paseo por el parque de Barranco. Yo ponía cara de que no me gustaba, pero era mentira, y mis padres ya se habían dado cuenta de eso. A pesar de la belleza de los árboles y de lo mágico del estanque de los deseos, para mí sólo existía una atracción. Llegaba siempre a las cuatro de la tarde, con su grabadora antigua y un batallón de personajes de fría mirada. Todos parecían como estatuas, como muertos, pero Don Fermín, al compás de la música, hacía que la inerte mirada de cada uno de ellos tuviera la misma vivacidad de nosotros cuando niños jugábamos a las escondidas. Mi padre siempre me daba una moneda para alguno de los muñecos, y yo me deleitaba viendo al zapateador, a la cantante criolla y a muchos más. Pero de todos ellos sólo uno me causaba un miedo terrible. Nunca elegía el payaso, sus enormes ojos y sus manos tenían un aspecto intimidante. No me gustaba su baile, me daba miedo, pero lo peor era cuando su cabeza se alzaba por encima de su cuerpo y daba la impresión de ser alguno de esos personajes de película de terror. Don Fermín parecía saberlo y evitaba hacerlo bailar delante de mí, para que yo no me fuese a esconder en la falda de mi madre, pero a pesar de todo nunca faltaba un niño que prefería esa marioneta. Una vez caída la noche, y lejos del bullicio de la gente, todos partían.

Bailaba el zapateador, una marioneta de color moreno. La gente aplaudía a su alrededor y yo, cautivado, volvía a soñar y a existir en mi infancia. Una vez acabado el baile, todos aplaudieron, incluso yo. Vi las caras de las personas y se confundían: la sonrisa de un adulto se igualaba con la de un niño. Vi el rostro de Don Fermín y por un momento creí que el tiempo no había pasado: su rostro era el mismo, con su eterna sonrisa, con sus ojos llenos de futuro, con su voz, aquella inconfundible voz que precedía al silencio. Miré a los demás y, sin saber por qué, extrañé el tiempo que no estuve acá, extrañé a los amigos, a mi madre y, aunque suene exagerado, volví a creer en mis sueños, en la gente, en aquellos instantes de alegría que aún nos pretende regalar la vida. De pronto, de entre todos, Don Fermín se dirigió a mí. Me extendió una sonrisa y me preguntó cuál de las marionetas escoges. Yo me quedé asombrado, mejor dicho asustado. Cuál escoges, cuál deseas que baile. No sé como, pero creo que por inercia elegí el payaso. Ahora que estás adulto escoges la que de niño te daba miedo. Quedé en silencio, como perdido. Don Fermín dio la vuelta y, con la paciencia que lo caracterizaba, cogió el payaso, puso la música y lo hizo bailar. En ese momento el tiempo se detuvo. Parecía que nadie alrededor nuestro existía, sólo Don Fermín, el payaso y yo. El tiempo se hizo eterno y la marioneta bailaba de una forma única, como nunca antes la había visto, y Barranco se hizo hermoso, y los árboles llenaban los cuentos y los bosques, y los deseos aún persistían en el estanque, y el amor existía en aquel viejo puente, y todos sonreían, y aún podía soñar, aún podía seguir soñando. Las luces iluminaron la noche cuando el sol estuvo dormido. Don Fermín se fue con aquellos recuerdos y melodías de mi infancia. Me quedé en el parque donde aún la gente se divertía. Estuve sentado en el lugar donde la anciana Dorotea daba de comer migajas de pan a las palomas al mediodía. Aún recordaba sus nombres, aún recordaba todo como si nunca me hubiese ido, como si aquellos años lejos hubiesen sido un ayer muy cercano a mi presente, y me di cuenta que el tiempo puede pasar, y las cosas haber cambiado, pero la gente no lo hace, no cambia, a pesar de todo siguen viviendo en este lugar donde los sueños parecen haberse extinguido, pero ellos, con su pasión y aquella vitalidad que les dan los días, hacen que sus sueños estén aún aquí, pugnando por hacerse realidad, por vivir… como la gente. Evitando que la nostalgia vuelva a invadirme me fui del parque, pero antes, con los ojos cerrados, le eché una moneda al estanque, y sentí que después de mucho tiempo no estaba solo, que había alguien esperándome en casa, en aquel lugar del cual nacieron todos mis sueños.

Han pasado varios años desde que volví a ver a Don Fermín. Ya no regresé, no viajé. Me quedé con mi madre y Elizabeth se vino conmigo. Visité a Javier y le conté lo que lejos de aquí había vivido. Le llevé rosas porque supe que nunca se las habían regalado y me disculpé por no haber estado con él cuando más me necesitó. Encontré a Juanita casada y esperando un hijo. Reímos mucho recordando nuestra escena romántica del puentecito. Y dime, te has casado. Le respondí que no, pero pronto lo haré. Ahora tengo una linda hijita y una pequeña empresa. Me casé con Elizabeth y mi madre se vino a vivir con nosotros. De a pocos estoy rehaciendo mi vida, construyéndola en base a mis sueños, aquellos sueños que se quedaron en Barranco cuando partí y que son ahora el eje principal que motiva mi vida.
* Ganador del Concurso Nacional Juvenil de Cuento 2006, en memoria de Germán Padrón Candela.

4 comentarios:

Gonzalo Del Rosario dijo...

Tú ya sabes cual es mi opinión.

Ricardo Calderón Inca dijo...

YA PARA QUE MAS DECIR PUES...
SOLO HACE FALTA LLEVARTE EN LOS HOMBROS EN DIRECCIÓN AL PARNASO...

Paul Quispe dijo...

Buen cuento. Sin embargo ese concurso -en el que alguna vez participé, y por eso mi juicio- me trae muchas dudas. De todos modos haces un trabajo.

Saludos.

Renato Bocchio dijo...

Me parece un cuento muy trillado, donde las emociones que describes a través de los personajes son casi falsas en su totalidad y mas bien representan tu visión de como es que deberían de ser las cosas cuando alguien es "mayor" De cualquier forma esta bien narrado, pero fuera de eso no paso nada.